DropboxSi hace solo un par de años, una memoria USB (que por entonces solían tener  256 ó  512 KB) era todavía un regalo preciado y útil, ahora cada vez más colegios y universidades están abandonando la práctica de repartirlas. La razón es que el almacenaje en línea (in the cloud, en la nube) constituye una solución más barata y, ahora que es muy difícil que no haya conexión a internet, más práctica.
Las opciones más usadas son:
1.Dropbox: Gratuito hasta 2 GB. Permite instalar un programa local que mantiene los ficheros sinconizados entre el disco local y Dropbox en línea. De esta manera, los ficheros son accesibles en el ordenador habitual sin que haga falta estar conectado a internet, y se evitan además las diferencias entre versiones de un fichero, características por las que Dropbox es la solución preferible para muchos. Existen ofertas de pago con almacenaje hasta 100 GB.
2.Google: La versión prehistórica del almacenaje gratuito en línea nació cuando Google lanzó GMail, con tanto espacio disponible (al principio 1 GB, ahora son 7) que la gente se enviaba ficheros importantes a su propio buzón de correo. En seguida apareció una aplicación llamada GMail Drive, que demostraba los ficheros almacenados en la cuenta de GMail como si fuera un disco duro más. Hoy día, es más lógico usar Google Docs para estos fines (limitado, en su versión gratuita, a 1 GB).
3.Windows Live Skydrive ofrece una cantidad de espacio impresionante (25 GB), aunque no permita subir ficheros individuales con un tamaño mayor que 50 MB. Se accede a través de Windows Live u Hotmail. También ofrece ahora un servicio de sincronización, con un máximo de 5 GB.
4.Amazon s3 (Simple Storage Solution), con 5 GB gratuitos. Conocido porque lo usaba Wikileaks, hasta que cerraran su cuenta…
skydriveLo más recomendable es usar una combinación de estos servicios, no sólo para tener más espacio, sino también por si falla alguno. Un programa como Gladinet permite acceder a los distintos servicios de almacenaje en línea desde una sola interfaz, como si fueran discos duros.
Por Jeroen Oskam